2 de junio de 2014

La esclava de marfil de Almunena de Arteaga

El libro del que voy a hablar ( lo siento mucho, Isabel, porque tú lo escogiste, y también lo lamento si ofendo a aquellas de nosotras que disfrutaron con su lectura. Vayan por delante mis disculpas) La Esclava de Marfil perpetrado por Almudena de Arteaga me resultó casi ilegible. Comienza todo bastante mal con un episodio de, bueno…, una cosa bastante turbia: la protagonista tiene una crisis con su pareja y este va, agarra un arma de fuego y la emprende a tiros contra el mobiliario doméstico. Resulta una escena muy confusa y sin la menor tensión narrativa para ser de violencia machista ya que las dos partes no se llegan a encarar, y al mismo tiempo es muy excesiva pues sólo sirve para justificar un desengaño amoroso. Tras semejante escena la protagonista viaja a África siguiendo los pasos de la figura histórica de Isabel de Varela, una muchachita de familia bien (bien arruinada) vendida para sellar una alianza política entre los colonos portugueses y el Rey de Mombasa en la costa de la actual Kenia, junto al océano Índico. A partir de ahí se alternan los capítulos del pasado y del presente, de la historiadora y del personaje histórico. Viajaremos por unos cuantos lugares comunes sobre el continente africano donde gobiernan el caos y la corrupción, los conflictos tribales se resuelven con matanzas (no se nos cuentan las causas de dichos conflictos, solo viene a decir que si los dejas se matan entre sí), cruzaremos unas reservas naturales impresionantes y de paso la autora aprovecha para hacer un poco de propaganda de la labor de los misioneros allí, con muy poca humildad por cierto.

Gracias a los misioneros este páramo de hambre y miseria hoy es como un pueblecito de la edad media. (No me queda claro si lo que han eliminado es el páramo o el hambre y la miseria; yo creía que los pueblecitos del Medievo europeo eran bastante hambrientos y miserables.)

Los cristianos no repudian a sus mujeres por estas cosas, comprenden y aman a los que sufren compartiendo su quebranto. ( Frase que me chirría, sin más, aún sacada de contexto. No, sin más no, como dicen los niños de ahora, me chirría a tope. Me gusta la expresión fe en la humanidad; este libro desprende fe en la cristiandad.)

El recuento total de víctimas de la masacre fueron 59 niños, 39 mujeres, 5 religiosos y 72 africanos.  (Cuando leí esto no daba crédito a mis ojos, aún hoy pienso si no lo copiaría mal o si lo soñaría.)

La monotonía me engullía ahogándome en el vomito de la apática desidia. ( Esta frase me arrancó la carcajada. a veces todavía me hace sonreír cuando la leo, no sabría explicar porqué.)

Con los mártires que se niegan a renunciar a su fe, aún a riesgo de su propia vida, me pasa un poco como a la niña de la película de Los Otros de Alejandro Amenábar que, con esa lógica apabullante de los niños, opinaba que qué muertes tan inútiles, qué tú vas y dices de mentirijillas lo que quiera escuchar tu captor y luego íntimamente crees en lo que te da la gana, rezas a quien quieras y sigues viviendo; eso sí, con algún cambio en tus hábitos alimenticios, diciendo ¡hamdahalá! en vez de ¡Alabado sea el señor! y unas cuantas minucias más que no son como para hacerse matar; claro que yo no temo al infierno ni a la condenación eterna. Aunque bien pensado, si no hubiera habido mártires en este libro nos hubiéramos perdido ese momentazo del espíritu santo en forma de gaviota que pasa rozando sus cabezas momentos antes del martirio. Alguna lectora suspicaz ha visto aquí un guiño al emblema del Partido Popular mientras que otras evocaban el ataque de una de estas aves al perfecto moño de Tippi Hedren en la película Los Pájaros de Alfred Hitchcok.

La apostasía aparece representada por el personaje de Andrés Macedo un tipo cruel y despreciable un artillero de baja estofa y peor corazón; también por el propio Rey de Ébano que deja de ser un marido perfecto y pierde todo su erotismo cuando empieza a cuestionarse la autoridad portuguesa y a dejar de ir a misa los domingos, entonces se echa una amante y se da a la rebelión y al pillaje con saña innecesaria. Pero éste al principio fue converso y luego ya se hizo apóstata; son la misma cosa y cosas diferentes al mismo tiempo; como inmigrante y emigrante, ellos y nosotros. No sé si me explico.

El compañero de viaje de la protagonista, un Indiana Jones, libre como un pedo y sin domesticar, una especie de estereotipo de novela romántica dice en una ocasión “¡Por Dios!” y la autora aprovecha para dejarnos esta perla:

¿Por Dios? Es la primera vez que te oigo mencionarlo y me alegro porque me demuestras que como muchos otros que lo niegan sueles recurrir a él en momentos de desesperación.

Es la primera vez que le escucha mentar a Dios y ya concluye que suele recurrir a él en momentos de desesperación (él ni siquiera lo dice con desesperación sino más bien con impaciencia). Parece como si la autora tuviera que meter, como fuera, en alguna parte del libro la consigna A los Ateos yo no me los creo. Es como una burla de patio de colegio acompañada por saltitos de una pierna a otra, con el dedo acusador estirado y una cantinela ¡Jaja! ¡Crees en Diooos! ¡Crees de Diooos!, o como si te hubieran pillado en un renuncio jugando al tute ¡Ajá! ¡Lo sabía! ¡Crees en Dios! Dos juegos pa nosotros. Te toca dar. Creo que esta autora es como esta gente que piensa que existen dos tipos de creyentes: los que admiten la existencia de un ser superior y los que se empeñan en negarlo e ignorarlo hasta el momento de la muerte que es cuando entra el miedo y las dudas. Dicho de otra manera: todo el mundo cree en Dios, pero algunos todavía no se han enterado o, por lo que sea, no quieren reconocerlo. Como dijo el poeta: ¡Todos los incurables tienen cura cinco segundos antes de su muerte!

Como hay que extraer algo positivo, diré que me ha parecido muy curioso el pozo que se llenaba de agua dulce solamente durante la marea alta; y como apuntaba alguna de nosotras, es una historia que no se ha perdido gracias a que su protagonista la dejó escrita en una época en que el analfabetismo era la norma. ¡Ah! También he aprendido algo que no sabía: el origen etimológico de la palabra safari y cafre.

Esta novela junto con El Maestro del Prado de Javier Sierra, de la que ya hablaré y alguna otra que prefiero no decir, formarían mi particular eje del mal del Club de Lectura la Victoria; son tan inversamente proporcionales a La Buena Ficción como lo son el Trío de las Azores a la Justicia Infinita o a la Libertad Duradera. Dos libros que la mismísima Ladrona de Libros de la novela de Markus Zusak o el propio Guy Montag al final de la distopía Fahrenheit 451 hubieran arrojado a una pira.

Nos vemos el próximo día, como canta la sevillana, en el mismo sitio y a la misma hora para comentar Mi amor en vano de Soledad Puertolas. ¡Hasta entonces¡

POST SCRIPTUM: No, no fue un sueño, y aunque sí que lo copié mal, el sentido de la frase es el mismo.
En total fueron ejecutados 59 niños, 39 mujeres, 5 religiosos y 72 africanos. De lo que se extrae que los niños, mujeres y religiosos muertos no eran africanos y que todos los varones adultos y seglares asesinados sí que lo eran. Este recuento de víctimas no tiene sentido. Sí que lo hubiera tenido si hubiera terminado con un ...,72 de ellos africanos. No quiero ser mal pensada. Que alguien me lo explique, por favor.

Ah! Por cierto. De todos los libros del mundo el Club de Lectura de Juan de Austria están leyendo El Vagón de las Mujeres ¿es casualidad, Isabel?